Sale Antonio Orozco al escenario con la sonrisa recogida,
con esa voz terrosa como de haberse comido a mordiscos Las Moreras, con
los ojos cerrados y un poco encogido, como si pidiera perdón por
empezar quince minutos tarde. Sale Antonio Orozco al escenario con la
timidez de las primeras citas, el cuerpo plegado, el uniforme de luto y
la mano izquierda grapada al microfóno, como si fuera el hierbajo al que
el Coyote se aferra antes de caer al precipicio. Sale Antonio Orozco al
escenario como llegan a casa los niños bien educados de tus amigos, con
la raya del pelo inmaculada, los calcetines hasta las rodillas y el por
favor por delante, con temor a aceptar un caramelo pero la mirada
envidiosa en el plato de los pistachos. Así sale Antonio Orozco al
escenario.
Hasta que coge confianza. Y entonces se descalza, se baja
los calcetines, se tira a la alfombra con la seguridad que da estar
entre amigos. E incluso, en un acto de valentía, se sube a la cama y
comienza a saltar sobre el somier. Valladolid le prestó este miércoles
su dormitorio a Antonio Orozco y saltó con él en el colchón durante más
de hora y media. Hubo fiesta en la Plaza Mayor. El primer casi lleno de
las fiestas. El primer 'tío bueno' regalado desde el público. Las
primeras coreografías (¡esas manos!), los primeros regalos lanzados al
cantante (un pañuelo, un collar), la primera vez en la que el artista
deja en el aire un par de estrofas porque debajo del trapecio hay red,
miles de gargantas dispuestas a llenarle los huecos.Ver más
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